El Sabor de la Selva y la Piel (con Celia Lora)

El Sabor de la Selva y la Piel (con Celia Lora)

El aire de la Riviera Maya era denso, un abrazo húmedo cargado con el aroma de la tierra mojada y las flores exóticas. Acababan de regresar a su villa privada, una joya de diseño minimalista clavada en el corazón de la selva. La adrenalina del día —explorando un cenote secreto, saltando a sus aguas cristalinas desde una cornisa— todavía vibraba bajo su piel.

Celia Lora se soltó el pelo, su melena morena cayendo en ondas desordenadas. El sudor y el agua del cenote habían pegado su camiseta de tirantes a su cuerpo, dibujando cada curva y la generosa plenitud de sus grandes pechos. Se giró hacia Ángel, una sonrisa salvaje y retadora en los labios.
«¿Admites que casi gritas en el último salto, Onlyangelsky?» Su acento mexicano convertía el apodo en una caricia musical y burlona.

Ángel, alto y corpulento, se apoyó en el marco de la puerta que daba a la terraza, su propia camiseta oscurecida por el sudor, marcando el relieve de su pecho y sus abdominales.
«Era un grito de pura euforia, Celia. Algo que pareces provocar con bastante facilidad.» Su mirada seductora recorrió el cuerpo de ella, deteniéndose descaradamente en sus pechos.

La tensión que había crecido entre ellos durante todo el día de aventura se había vuelto casi insoportable en la intimidad de la villa. Era una energía cruda, animal, alimentada por el riesgo y la atracción mutua.

«Tengo la selva pegada a la piel,» dijo Celia, estirando los brazos sobre su cabeza en un gesto que acentuó aún más sus curvas. «Creo que necesito la ducha de ahí fuera.» Señaló con la cabeza hacia la ducha exterior, un espacio rodeado de bambú y plantas tropicales, abierto al cielo y a los sonidos de la jungla.

«Una idea excelente,» respondió Ángel, su voz un murmullo grave. «No querrás llevarte la tierra a ese restaurante de diseño que reservé para esta noche.»

Él sabía cómo jugar. Mencionó el lujo, pero su mirada prometía la más pura depravación.

Celia caminó hacia la ducha exterior y Ángel la siguió. El espacio era su santuario privado. La piedra volcánica bajo sus pies estaba fresca. Sin decir una palabra, Celia se quitó la camiseta y los shorts, quedándose en un bikini que luchaba por contener sus pechos. Ángel se despojó de su propia ropa con movimientos lentos y deliberados, su erección ya evidente contra la tela de sus bóxers.

Celia abrió el grifo y un torrente de agua fresca cayó sobre ellos. Ella cerró los ojos, inclinando la cabeza hacia atrás, dejando que el agua recorriera su piel bronceada. Ángel se acercó, sus cuerpos se encontraron bajo el chorro. El contraste del agua fría y la piel febril de ambos era una tortura exquisita.

«Déjame a mí,» susurró él en su oído. Tomó la pastilla de jabón artesanal y comenzó a enjabonar su espalda, sus manos fuertes recorriendo cada centímetro. Sus dedos se deslizaron por los costados de ella, subiendo lentamente hasta que sus pulgares rozaron la parte inferior de sus pechos.

Celia jadeó, su respiración entrecortada. Se giró para mirarlo, sus pezones duros rozando su pecho. «Mi turno.»

Tomó el jabón y repitió el gesto, pero sus manos fueron más audaces. Recorrieron su pecho corpulento, bajaron por su abdomen definido y, sin dudarlo, rodearon su miembro duro y palpitante. Lo enjabonó lentamente, mirándolo a los ojos, un desafío y una promesa en su mirada.

El autocontrol de Ángel se hizo añicos. La empujó suavemente contra la pared de piedra, el agua cayendo en cascada sobre ellos. Sus labios se encontraron en un beso salvaje, un choque de lenguas y dientes. Una de sus manos se deslizó entre las piernas de ella, sus dedos encontrando su sexo ya empapado. La penetró con dos dedos, profundos y firmes, mientras su otra mano se apoderaba de uno de sus pechos, apretándolo, su pulgar frotando el pezón erecto a través de la tela del bikini.

Celia gimió con fuerza, su cuerpo arqueándose contra la mano de él. «Más, Ángel… joder, más.»

Él la obedeció. Retiró los dedos solo para arrodillarse ante ella. Le bajó la braguita del bikini con los dientes y hundió su rostro entre sus muslos. Su lengua la asaltó con una devoción brutal, lamiendo y succionando su clítoris, probando el sabor único de ella, mezclado con el agua fresca. Celia gritó, un sonido agudo y liberador que fue engullido por la selva, mientras un orgasmo violento la sacudía de pies a cabeza.

Antes de que pudiera recuperarse por completo, Ángel la levantó en brazos. Su fuerza la hacía sentir ingrávida. La llevó, goteando, al interior de la villa y la depositó sobre la enorme cama con sábanas de algodón egipcio.

«Mi turno de gritar,» dijo él, su voz ronca de deseo.

Se colocó sobre ella, el peso de su cuerpo musculoso una deliciosa opresión. La penetró con una sola embestida poderosa y profunda, llenándola por completo. Celia lo recibió con un gemido gutural, sus piernas aferrándose a su cintura, sus uñas arañando su espalda.

El ritmo que establecieron fue primitivo, frenético. Era una extensión de la aventura del día, una escalada final y más peligrosa. Cada embestida era un salto al vacío, cada gemido un eco de la selva. La cama se convirtió en su territorio salvaje, sus cuerpos en la encarnación de la naturaleza indomable que los rodeaba. La penetró con fuerza, una y otra vez, hasta que sintió cómo sus paredes internas se contraían a su alrededor, anunciando su clímax.

«Vente conmigo, Celia,» gruñó él.

Y ella lo hizo. Sus cuerpos llegaron al límite juntos, en una explosión de placer tan intensa que silenció por un momento los sonidos de la jungla.

Cayeron sobre las sábanas, exhaustos, sus pieles brillantes por el sudor y el agua, sus respiraciones volviendo lentamente a la normalidad. El sol comenzaba a ponerse, tiñendo la habitación con tonos dorados y anaranjados.

Ángel se giró y la miró, una sonrisa de pura satisfacción en su rostro. Acarició su mejilla, retirando un mechón de pelo mojado.
«Aún tenemos pendiente ese cóctel,» susurró.

Celia rio, un sonido bajo y ronco. «Perfecto,» respondió. «Ahora tengo una sed salvaje.» Y en su mirada, Ángel supo que la aventura de esa noche no había hecho más que empezar.

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