La mansión de Bel-Air era un hervidero de hedonismo y fantasía. La fiesta de Halloween más exclusiva de la ciudad estaba en pleno apogeo. La música electrónica golpeaba el pecho, las luces estroboscópicas cortaban la penumbra y una niebla artificial se aferraba al suelo, creando un purgatorio de cuerpos disfrazados.
Ángel, irónicamente, había elegido el disfraz de diablo. Pero no uno de plástico rojo. El suyo era pura estética: un pantalón de vestir negro, el torso desnudo y atlético surcado por intrincados tatuajes temporales que parecían sombras demoníacas, y unas sutiles prótesis de cuernos negros naciendo de su cabello oscuro. Era una visión de poder y elegancia oscura, y observaba la fiesta desde un rincón, con un vaso de whisky en la mano.
Entonces la vio, y el resto de la sala se disolvió.
Apolonia Lapiedra. La reconoció al instante, a pesar del antifaz. Su disfraz era una obra maestra de la seducción: una Catwoman que habría hecho arrodillarse al propio Batman. Un mono integral de látex negro que se adhería a su figura delgada y tonificada como una segunda piel, brillando bajo las luces púrpuras. Cada curva, la cintura estrecha, la firmeza de sus glúteos y el contorno de sus pechos, estaba perfectamente definida. Rubia, de mediana estatura, pero con una presencia que devoraba el espacio.
Se movía con una gracia felina, y en su mano, en lugar de un látigo, llevaba una copa de champán que sostenía con dedos enguantados en el mismo látex.
Sus miradas se cruzaron a través de la sala abarrotada. Fue un impacto. Un reconocimiento silencioso que aisló a ambos de la cacofonía circundante. Ella le dedicó una sonrisa lenta, un destello de complicidad en sus ojos oscuros, antes de aceptar una copa de champán de una bandeja y dirigirse hacia un rincón más tranquilo del jardín.
Era la única invitación que Ángel necesitaba.
Dejó su vaso y se abrió paso entre la gente con una determinación tranquila. La encontró de espaldas a la fiesta, contemplando las luces de la ciudad. El delicado tejido de su vestido se ceñía a la curva de su espalda y sus caderas, una visión que aceleró su pulso.
«Un ángel vestido de demonio», dijo él al llegar a su lado, su voz lo suficientemente baja para que solo ella la oyera. «La ironía es deliciosa».
Apolonia se giró, sin sobresaltarse. Ya lo había sentido llegar. «¿Y una gata en la noche de Halloween?», replicó, su voz un susurro seductor que se coló por encima del bajo de la música. «Espero que tengas garras, porque pareces un problema».
«Soy amante de los deportes de aventura, Ángel», replicó ella, dando un paso más, invadiendo su espacio personal. El olor de su perfume se mezcló con el del látex. «El peligro es mi afrodisíaco favorito».
Él levantó la mano, y con un solo dedo enguantado en cuero negro, rozó la lengüeta de la cremallera. Un gesto que fue a la vez una caricia y una amenaza. «Me pregunto qué tan aventurera eres realmente, Apolonia».
La tensión entre ellos era tan densa que podía cortarse. La música, las luces, la gente… todo desapareció.
«Este infierno es demasiado ruidoso», susurró él, inclinándose hacia su oído. «Conozco un lugar mucho más… privado. Arriba».
Ella no respondió con palabras. Simplemente se giró y comenzó a caminar, sabiendo que él la seguiría.
Subieron una escalera de mármol, alejándose del epicentro de la fiesta, hasta un pasillo oscuro. Ángel la guio a una biblioteca, una habitación silenciosa forrada de madera oscura y libros antiguos, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por un ventanal gótico.
Apenas se cerró la puerta, Ángel la presionó contra la estantería. El sonido de su cuerpo de látex contra la madera fue un golpe sordo y excitante.
«Llevo toda la noche», gruñó él contra su cuello, sus manos aferrándose a sus caderas, «imaginando el sonido que haría esta cremallera al bajar».
«Deja de imaginar», jadeó ella, sus dedos enguantados aferrándose a sus hombros desnudos, sus uñas postizas arañando suavemente su piel.
La mano de Ángel fue directa a la cremallera. El zumbido del metal deslizándose hacia abajo fue ensordecedor en el silencio. El látex se separó, revelando la piel pálida y cálida de su escote. El traje estaba diseñado para ser quitado con facilidad… o no ser quitado en absoluto. La cremallera descendió, más y más, pasando su ombligo.
Él se detuvo, sus ojos ardiendo. Apolonia tomó la iniciativa. Lo empujó hacia un gran escritorio de caoba en el centro de la sala. Con la agilidad de una gimnasta, se subió a él, sus piernas enfundadas en látex abriéndose para él, el traje aún puesto pero peligrosamente abierto.
«Tu turno, diablo», lo retó.
Ángel no necesitó más invitación. Se colocó entre sus piernas, sus manos deslizándose por el látex de sus muslos, un contraste de texturas que los estaba volviendo locos. Sus bocas se encontraron en un beso desesperado, un choque de dientes y lenguas, un sabor a fiesta y a deseo prohibido.
Él no se molestó en quitarle el traje por completo. La abertura era suficiente. Deshizo su propio cinturón con una urgencia brutal. La unión fue explosiva. Un contraste de piel caliente contra el látex frío, de control atlético contra una pasión desbordada.
La tomó allí mismo, sobre el escritorio, sus cuerpos moviéndose en un ritmo primitivo que hacía temblar los libros en las estanterías. Cada embestida era profunda, cada movimiento un desafío. Apolonia arqueó la espalda, sus manos enguantadas aferradas al borde de la madera, sus gemidos ahogados por los besos de Ángel. Era una aventura, una escalada hacia un pico que ambos ansiaban conquistar.
Alcanzaron el clímax juntos, en una explosión silenciosa y sísmica, sus cuerpos temblando en la oscuridad de la biblioteca. El eco lejano de la música de la fiesta era el único testigo de su pecado.
Se quedaron así por un momento, sus respiraciones entrecortadas llenando el silencio. Apolonia, con los ojos cerrados, pasó sus dedos enguantados por el cabello sudoroso de Ángel.
«Feliz Halloween, diablo», susurró, su voz ronca por la pasión.
Ángel sonrió contra su piel, subiendo lentamente la cremallera de su traje. «Acabas de convertirte en mi pecado favorito, Catwoman».
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