La música flotaba en el aire, una melodía de jazz suave que se mezclaba con el murmullo de las conversaciones y el tintineo de las copas. El ático era un mar de gente elegante, pero para Ángel (Onlyangelsky), solo existía una isla en medio de todo: Mikkita_ (Mikaela Rivero).
La había estado observando toda la noche. Mikkita, con su piel de un bronceado perfecto que parecía absorber la luz y devolverla con un brillo propio. Su vestido, de un satén color esmeralda, se ceñía a sus curvas con una devoción casi palpable, una invitación a seguir el contorno de sus caderas, la plenitud de su pecho. Era una obra de arte viviente, y Ángel, alto, corpulento y consciente del poder de su propia presencia, se sentía como un coleccionista a punto de descubrir su pieza más codiciada.
Sus miradas se habían cruzado varias veces sobre las cabezas de los demás invitados. Cada vez, una pequeña descarga, una promesa silenciosa. No necesitaban palabras. El juego ya había comenzado.
Con una copa de whisky en la mano, Ángel se abrió paso entre la gente, su movimiento lento y deliberado. Mikkita estaba de espaldas a él, hablando con otra pareja cerca de los grandes ventanales que daban a una terraza. Él se detuvo justo detrás de ella, tan cerca que podía sentir el calor que emanaba de su piel, oler su perfume, una mezcla exótica de orquídea y sándalo que le nubló los sentidos por un instante.
«Hay demasiada gente aquí para apreciar de verdad las vistas,» dijo Ángel, su voz grave y profunda, justo al lado de su oído.
Mikkita se estremeció visiblemente, un gesto casi imperceptible para cualquiera que no la estuviera observando con la intensidad de Ángel. Se giró lentamente, una sonrisa perezosa y cargada de intención en sus labios.
«Depende de qué vistas estés intentando apreciar, Ángel,» replicó ella, sus ojos oscuros recorriendo su imponente figura sin disimulo.
Él sonrió. «Las que de verdad importan están siendo eclipsadas.» Con un leve gesto de su cabeza, señaló hacia la terraza. «¿Me acompañas a buscar un poco de aire?»
No era una pregunta. Era una citación. Mikkita asintió, una capitulación deliciosa.
La terraza de mármol estaba casi vacía, bañada por la luz plateada de la luna. El ruido de la fiesta se convirtió en un murmullo lejano. Se apoyaron en la balaustrada, sus cuerpos a una distancia prudencial pero cargada de una tensión casi insoportable.
«Me encanta tu vestido,» dijo Ángel, su mirada recorriendo el satén que se aferraba a ella. Extendió la mano y, con el dorso de los dedos, rozó la tela a la altura de su cadera. «Tiene una caída… espectacular.»
Mikkita inspiró bruscamente. «Está diseñado para llamar la atención.»
«Oh, la ha llamado,» confirmó él, su mano ahora deslizándose con más audacia, rodeando su cintura y atrayéndola suavemente hacia él.
Ella no se resistió. Apoyó las manos en su pecho, sintiendo la dureza de sus músculos bajo la camisa de lino. «Eres muy directo.»
«La vida es demasiado corta para los rodeos,» susurró Ángel, inclinándose hasta que sus labios rozaron el lóbulo de su oreja. «Y esta noche es demasiado prometedora.»
El beso fue inevitable, una colisión de deseos contenidos. Empezó intenso y se volvió salvaje en segundos. Las manos de Ángel se aferraron al exuberante trasero de Mikkita, levantándola y presionándola contra su erección, que palpitaba con fuerza contra la tela de su pantalón. Ella gimió en su boca, un sonido gutural, animal, mientras sus caderas comenzaban a moverse contra él en un ritmo instintivo.
«Alguien podría vernos,» jadeó Mikkita, aunque sus manos ya estaban desabrochando los botones de la camisa de Ángel, ansiosas por sentir su piel.
«Que miren,» respondió él, su voz ronca por el deseo. Deslizó los tirantes del vestido de Mikkita, dejando al descubierto sus hombros bronceados, y sus labios trazaron un camino de fuego por su cuello, descendiendo hacia el valle de sus pechos.
Con una urgencia que rozaba la desesperación, la llevó a la esquina más oscura de la terraza, oculta por una gran maceta con una palmera. La pared de mármol estaba fría contra la espalda desnuda de Mikkita, un contraste exquisito con el calor que ardía en su interior. Ángel le subió el vestido sin ninguna delicadeza, revelando que no llevaba nada debajo. Un gruñido de aprobación escapó de su garganta.
«Perfecta,» sentenció, antes de hundir dos dedos en su sexo empapado.
Mikkita ahogó un grito contra su hombro. Él la preparó con sus dedos, explorándola, estirándola, mientras ella, frenética, se bajaba la cremallera del pantalón y liberaba su miembro duro y palpitante.
Sin más preámbulos, Ángel la levantó, sus piernas rodeando su cintura con una facilidad que demostraba su fuerza. La apoyó contra la pared y la penetró de una sola y profunda estocada. Ambos gimieron al unísono, un sonido ahogado por la música distante.
Las embestidas eran primitivas, potentes. El sonido de sus pieles chocando era un ritmo secreto en medio de la noche, un contrapunto carnal al jazz refinado de la fiesta. Mikkita se aferraba a sus hombros, sus uñas arañando su piel, su cabeza echada hacia atrás en un éxtasis silencioso. Ángel la sostenía con firmeza, sus caderas martilleando contra las de ella, sus ojos fijos en el rostro de ella, observando cada espasmo de placer.
«Mírame, Mikkita,» ordenó él en un susurro ronco.
Ella obedeció, sus miradas se encontraron y se mantuvieron mientras el clímax los arrastraba. Fue una explosión, una supernova de placer que los dejó temblando, sin aliento, aferrados el uno al otro en la oscuridad clandestina.
Permanecieron así un momento, sus cuerpos aún unidos, sus frentes pegadas, intentando recuperar el aliento. El sudor perlaba sus pieles, y el frío mármol ya no se sentía.
Lentamente, con una complicidad forjada en el fuego, se recompusieron. Él le bajó el vestido, ella le arregló la camisa. Un último beso, profundo y lleno del sabor de su encuentro, selló su pacto secreto.
Regresaron a la fiesta por separado, con las mejillas sonrojadas y una nueva luz en sus ojos que solo ellos entendían. Nadie se había dado cuenta de su ausencia. Pero para Ángel y Mikkita, el resto de la noche fue solo un epílogo. La verdadera fiesta, la que importaba, acababa de tener lugar en la intimidad prohibida de una terraza de mármol, bajo la mirada cómplice de la luna.
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